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Las enseñanzas de Pablo Latapí Sarre
*Observatorio Ciudadano de la Educación

Pablo Latapí creció en la ciudad de México. Proveniente de una familia católica, decidió entrar a la Compañía de Jesús, de la que se separó en 1976. Obtuvo su doctorado en filosofía en Alemania, y en julio de 1963, a su regreso a México, propuso el establecimiento del Centro de Estudios Educativos (CEE). Este centro, que dirigió por diez años, tuvo gran influencia en el desarrollo de la investigación educativa en el país. Entre otras actividades, el centro se encargó de elaborar el primer gran diagnóstico de la educación en México; dio importancia a la planificación de la educación, que era entonces una idea muy novedosa, e impulsó los “autoestudios institucionales” de dos universidades públicas (Sonora y Chihuahua) y de dos universidades particulares (Centro de Enseñanza Técnica y Superior –Cetys–, de Mexicali, e Instituto Tecnológico Autónomo de México –ITAM–, del DF).

Poco tiempo después, Pablo Latapí, junto con otros colegas, fundó la Asociación Civil Prospectiva Universitaria AC. Lamentablemente, esta asociación tuvo una duración bastante breve, pero le permitió escribir una obra denominada Sociología de una profesión, en la cual analizó, con la colaboración de María Matilde Martínez Benítez (con quien contrajo matrimonio), la gestación de la licenciatura en Enfermería, la relación de ésta con la carrera técnica de atención de los enfermos y con la carrera de Medicina en un sentido integral. A mediados de los años sesenta el doctor Latapí, y el pequeño grupo que colaboraba con él y del que formaban parte Carlos Muñoz Izquierdo y Manuel Ulloa, comenzaron a ejercer una función de seguimiento y vigilancia sobre las estadísticas oficiales. Un trabajo que despertó considerable interés fue el libro Análisis de un sexenio de educación en México 1970-1976, publicado en 1980.

Pablo Latapí sentó las bases institucionales sobre las que se construyó en México la investigación educativa multidisciplinaria. En gran medida, gracias a su liderazgo el país pudo disponer –en el momento oportuno– de un conjunto de investigadores y funcionarios que han dejado su huella tanto en la Secretaría de Educación Pública (SEP ) como en varias instituciones académicas. Entre 1977 y 1982, colaboró con el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) como vocal ejecutivo del Programa Nacional Indicativo de Investigación Educativa. Asimismo, su intervención fue significativa en el diseño y realización del primer congreso de investigadores educativos, celebrado en 1981, acontecimiento que abrió paso a la creación del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE). Gran parte de su labor en las últimas décadas la llevó a cabo adscrito al Centro de Estudios sobre la Universidad, ahora Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE) de la UNAM. Dado su fecundo trabajo, debe destacarse su reconocimiento como investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores.

La política educativa

En sus escritos, Pablo Latapí quiso reiterar una y otra vez la importancia de la política educativa. Ésta era, sin duda, también una forma de explicar y explicarse el lugar que le confirió como tema central en sus análisis: “La educativa, no es una entre otras políticas públicas…; su objeto es el desarrollo de las siguientes generaciones y esto le da rango especial y carácter central. Si bien está acotada y condicionada por las políticas económicas y otras realidades sociales, es ella la que articula a las demás, define sus horizontes y les imprime su significado humano… El objeto de la política educativa, son los aprendizajes futuros, posibles y deseables, de una sociedad determinada… Por eso el objetivo de la política educativa se extiende hacia los mundos misteriosos de la intuición y los sentimientos, del arte, de los sistemas de convivencia o las éticas sociales; con todo se relaciona y de todo se nutre.”

La SEP  tampoco era cualquier secretaría. La responsabilidad que Pablo Latapí colocaba en los altos funcionarios de la SEP  era enorme. Estaba firmemente convencido que la misma no se limitaba solamente a la educación sino al futuro del país en su conjunto. En un artículo titulado “La tarea intelectual de la SEP ” afirmaba: “Correspondería entonces al equipo directivo de la SEP  ‘elaborar pensamiento’ sobre el país y su desarrollo, y aportar al resto del gobierno visiones intelectuales más amplias, críticas y rigurosas. Entre esta secretaría y la presidencia debiera haber una especial relación de intercambio intelectual.”Esta visión explica la energía y la dedicación que utilizó para asesorar a algunos de los secretarios del ramo, y el interés que mostró al dedicar dos de sus últimos libros (Andante con brío. Memoria de mis interacciones con los secretarios de Educación, 1963-2006 y  La SEP  por dentro) a profundizar sobre el conocimiento de la SEP  y a dejar un testimonio personal de sus interacciones con estos funcionarios.

Sus testimonios, además de la luz que arrojan sobre la historia reciente del sistema educativo mexicano, constituyen un marco sobre el cual se encuentran insertas reflexiones más generales sobre la relación entre el conocimiento y el poder. En su Andante con brío explica, partiendo de su experiencia, cuál es la diferencia entre la lógica del académico y la lógica del político. Retrata el voluntarismo del investigador, que propone soluciones sin ponderar los obstáculos reales que conlleva su puesta en práctica, y muestra también el voluntarismo del funcionario, que sobrevalora sus decisiones como si la realidad pudiese ser transformada por decreto. De ahí que la asesoría de un investigador a un funcionario la entendiera como una incesante labor de “tender puentes” entre estos dos mundos.

De gran interés resulta su reflexión sobre el impacto de la investigación en la política educativa. Su experiencia como asesor le había permitido comprobar una hipótesis de Carlos Muñoz Izquierdo, que identifica tres procesos necesarios para que las innovaciones recomendadas por la investigación educativa sean difundidas en forma exitosa: 1) su validación a través de la crítica de la comunidad científica; 2) su difusión entre capas más amplias de la sociedad, por ejemplo la opinión pública; y 3) su aceptación por quienes toman decisiones. Los tres procesos mencionados dan lugar a maneras diversas por las que el conocimiento especializado pasa a la práctica. Sin olvidar que Pablo Latapí subrayaba cómo “…es el proceso político el que determina en última instancia que se adopte la innovación”.

La educación y la justicia social

Muy sensible a las graves desigualdades sociales de México, y no obstante que los procesos políticos no constituyeron en sí mismos un tema central en su pensamiento, Pablo Latapí expresó su posición en apoyo de las demandas de justicia social enarboladas por el movimiento zapatista, aunque se distanció de sus métodos de lucha. En este marco de preocupación por los sectores marginados, puso un énfasis importante en la política de la atención al rezago educativo en personas jóvenes y adultas. Apuntaba que ésta no puede ser una práctica acrítica, sino que es importante que sea el resultado de una reflexión, un cuestionamiento válido donde el modelo de formación asuma el compromiso con su entorno socioeducativo para transformar escenarios globalizantes y excluyentes en escenarios incluyentes, democráticos y de autogestión de diversos grupos con derecho a expresar su cultura e identidad. En otras palabras, no se trata sólo de enseñar letras y números, sino de generar conciencia de cambio y de integración social.

Respecto a su concepción sobre el derecho a la educación, que de alguna manera sintetiza y potencia los temas por los que transitó su pensamiento educativo, el doctor Latapí comentaba que su estancia en la UNESCO, como embajador, había representado una oportunidad para profundizar en el conocimiento del desarrollo de este derecho en distintos países, lo que le condujo a darle un lugar cada vez más importante dentro de su propio pensamiento crítico. Fenómenos que se presentan en México, como las prolongadas suspensiones de clases por problemas sindicales, el cobro de cuotas indebidas en las escuelas públicas o la mala calidad de la educación, en especial la que se ofrece a los más pobres, las observaba también como violaciones flagrantes al derecho a la educación. Esto le llevó a presentar un conjunto de propuestas de reformas legislativas para concretar este derecho, donde uno de los aspectos centrales es el de la exigibilidad, es decir, conseguir que al derecho a la educación correspondan posibilidades reales de que la ciudadanía exija su cumplimiento.

Los responsables del rezago educativo

Su visión sobre la situación educativa del país en los últimos tiempos contenía cierta dosis de desesperanza. Su examen era implacable con la actuación de cada uno de los grupos responsables de la problemática educativa. En el marco del IX congreso del COMIE, llevado a cabo en 2007 en la ciudad de Mérida, ofreció una conferencia en la que mostró su ecuanimidad, su capacidad crítica y amplios conocimientos para analizar la realidad educativa de México y sus repercusiones en los ámbitos social y político. Es posible que esta exposición sea, en muchos sentidos, uno de sus diagnósticos más lúcidos del papel fallido de los actores sociales en el sistema educativo.

El primer actor responsable, señaló Latapí, es el gobierno federal, que pese al liderazgo que le otorga la Constitución en el ámbito educativo, no ha puesto lo necesario para atender al sector como “prioridad”, como lo fue hace cincuenta años para Corea del Sur o hace treinta para los Tigres Asiáticos. Recriminó que la verdadera prioridad no se manifiesta sólo en dinero, sino en la calidad de las decisiones, la determinación política y la capacidad de movilización, y en realidad la educación no ha sido objeto de la energía de los gobiernos federales para transformarla a fondo. Al contrario, ha habido retrocesos. Por ejemplo, la entrega que ha hecho el presidente de la República de espacios vitales de la SEP al sindicato magisterial.

Para Pablo Latapí otro actor responsable del atraso educativo es el Congreso de la Unión, quien no obstante su pluralidad, representatividad y papel de contrapeso al Ejecutivo, no ha mostrado, en conjunto, una visión de Estado en el tema educativo. Por ejemplo, no se conoce el nombre de un diputado, de un senador, que haya luchado por una iniciativa de ley o por la aprobación de procedimientos que conduzcan a México con firmeza y decisión a una educación de calidad. Sentenció: “Las decisiones de ambas Cámaras no se rigen, en la gran mayoría de los casos, por el bien del país ni por objetivos a largo plazo, sino por la conveniencia del trueque de intereses entre los partidos”.

Los empresarios también son responsables del atraso educativo, precisó Pablo Latapí. Con sus recursos, su capacidad emprendedora y de transformación “podrían, deberían, ser otra fuente importante de energía para la educación”. Empero, salvo excepciones, los empresarios “nunca” se han interesado por apoyar seriamente la causa de la educación: “Miran por sus intereses; se quejan del sistema educativo porque no prepara la mano de obra que requieren y culpan al Estado.”

Latapí también señaló al magisterio como responsable de la situación educativa en México. Para una porción significativa de los maestros tampoco el mejoramiento cualitativo de la educación ha constituido una verdadera prioridad; los maestros, prisioneros del sindicato, se han acomodado a sus reglas y comportamientos, y se encuentran despojados de iniciativas propias, al grado que muchos mentores ven a su profesión solamente como un “trabajo”, un modus vivendi relativamente satisfactorio social y económicamente, y no como un compromiso cotidiano a la altura de las exigencias que les plantean sus alumnos.

Los ciudadanos también tienen parte de responsabilidad. Pablo Latapí expuso que la gran mayoría de mexicanos, con hijos en escuelas públicas o privadas, generalmente son indiferentes o están resignados ante las deficiencias del sistema educativo. Casi ningún padre de familia exige educación de calidad como derecho y más bien confunden “servicio público gratuito” con “dádiva graciosa”. No protestan porque se prive a sus hijos de clases por semanas o varios meses, por movilizaciones y huelgas; tampoco luchan por participar en las escuelas de sus hijos; prácticamente no forman organismos ciudadanos que pugnen por establecer leyes y procedimientos jurídicos para que el derecho a una buena educación sea exigible.

Pero esta situación, no es, señaló finalmente Pablo Latapí, resultado sólo de un problema de los actores en cuestión, sino que la ausencia de esta energía es “de carácter cultural”, pues los mexicanos, en general, son indiferentes a la res publica. Es decir, los mexicanos son presa de su apatía: “…no se nos da la democracia, al menos todavía; modificar nuestras actitudes de resignación fatalista, de conformismo, de indolencia, llevará aún muchos años. Mientras nadie exija cuentas a los gobernantes, a los legisladores, a los secretarios de Educación (federal y estatales), a los directores de escuela y maestros o a los sindicatos, no mejorará la educación.”

Conciencia intelectual

Desde la academia, que fue su principal espacio de actuación, Pablo Latapí consideró que era posible recuperar la esperanza: “El conocimiento que procede de la investigación no es ciertamente la solución a los graves problemas del presente; pero cuando va unido a un compromiso vital y existencial, es una energía que se difunde y que puede detonar procesos positivos en todos aquellos actores de los que depende el destino de la educación del país: el gobierno federal, los funcionarios de la SEP y de las secretarías de Educación de los estados, los legisladores, los maestros, el sindicato, los padres de familia, los medios de comunicación, los ciudadanos.”

Pablo Latapí escribió en uno de sus últimos libros: “Al llegar a una edad avanzada, se pregunta uno qué servicio puede aún prestar a su país.”La respuesta la conocemos, y constituye una de las claves que permiten entender su singular voluntad y muy clara conciencia del paso del hombre en el tiempo, en su tiempo y de la responsabilidad que esto implica.

Cátedra Pablo Latapí Sarre

Esta Cátedra será un espacio académico que rinda homenaje permanente a la persona y obra de Pablo Latapí por sus inapreciables aportaciones a la investigación educativa. Para mantener vivo el espíritu de diálogo, análisis y reflexión que le fueron característicos, se espera la participación de renombrados investigadores, intelectuales y hombres de Estado que reflexionen en torno a los asuntos relevantes del campo de la educación. También se propone dar impulso a jóvenes académicos interesados en los temas educativos.

Para acercarse a la obra de Pablo Latapí Sarre

Andante con brío. Memoria de mis interacciones con los secretarios de educación (1963-2006), México, FCE, 2008.

La SEP por dentro, México, FCE, 2004.

El debate sobre los valores en la escuela mexicana (en coautoría con Concepción Chávez Romo), México, FCE, 2003.

Horizontes de la educación. Lecturas para maestros.2 tomos. México, Santillana, 2003.

El financiamiento de la educación básica en el marco del federalismo (en coautoría con Manuel Ulloa Herrero), México, CESU-UNAM-FCE, 2000.

La moral regresa a la escuela. Una reflexión sobre la ética laica en la educación mexicana, México, CESU-Plaza y Valdés, 1999.

Un siglo de educación en México, 2 vols., México, FCE, 1998.

La investigación educativa en México, México, FCE, 1994.

Finale Prestissimo (compilado por Susana Quintanilla), México, FCE, 2009,en prensa.

Antología sobre la educación de los adultos, Pátzcuaro, Michoacán, CREFAL, 2009, en prensa.

Colaboraron en la redacción de este documento: Teresa Bracho, Alejandro Canales, Raymundo Carmona León, Daniel Cortés Vargas, María de Ibarrola, Pedro Flores Crespo, Antonio Gómez Nashiki, Mery Hamui, Aurora Loyo, Felipe Martínez Rizo, Aldo Muñoz Armenta, Carlos Muñoz Izquierdo, Maira Pavón Tadeo, Miguel Ángel Rodríguez, Roberto Rodríguez Gómez, Sylvia Schmelkes, Marisol Silva Laya y Lorenza Villa Lever.

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